En los post anteriores les conté sobre mi experiencia en Quito y Guayaquil, dos ciudades de Ecuador que me encantaron, pero hoy quiero hablarles un poco de Montañita y Baños de Agua Santa, dos destinos de los que realmente me enamoré.

El primero de ellos es Baños, como le llaman los ecuatorianos. Esta pequeña ciudad podría decirse que es el lugar perfecto para pasar vacaciones. En ella se encuentran todo tipo de planes. No en vano está completamente llena de hosteles, hostales, hoteles, agencias de viaje y restaurantes. Son tantos que todavía me pregunto dónde vive y duermen sus residentes.

Al salir de la terminal de transportes, que no es más que un garaje amplio con unas tres decenas de oficinas para la venta de tiquetes, los avisos de agencias de viaje ofertando todo tipo de destinos son la bienvenida a esta fría ciudad.

En todas y cada una de estas agencias se encuentran planes a diversos sitios del Ecuador como visita al Chimborazo, recorridos en chiva, visita a comunidades indígenas, a subir en parapente, planes de canotaje, recorrido por el río, guía al Pailón del Diablo y hasta una visita al columpio Fin del Mundo. Yo escogí estas dos últimas, porque las podía hacer en un solo día y porque antes de salir de Colombia había contemplado ir a los dos destinos. Pagué solo 12 dólares por ambos planes.

A las 10 de la mañana iniciamos la ruta hacia el Pailón del diablo, no sin antes hacer un recorrido en chiva por las principales calles de la ciudad —que no son muchas en realidad—  ambientada con regueton y demás ritmos latinos. En el recorrido pudimos ver la represa de agua que se encuentra a un costado de la ciudad, los canales de agua que descienden por las montañas y maravillarnos con el verde de los cerros por los que se empinan las carreteras rumbo a nuestro destino.

Después de media hora de recorrido, llegamos a un punto en el que nos tuvimos bajar y caminar bordeando el río, transitando sobre puentes colgantes y disfrutando de la brisa fría que hace más emocionante este recorrido. Una vez en el punto final, una impresionante cascada que baja a toda velocidad formando un ruido casi ensordecedor nos da la bienvenida. Ese mismo ruido nos aleja de cualquier distracción para deleitar esta corriente de agua que al caer a la superficie forma un arcoíris de colores justo frente a todos los presentes.

De regreso ya solo hubo tiempo para comprar unos recordatorios y para degustar un almuerzo típico ecuatoriano, una carne asada, arroz, ensalada de verduras, chicha y sopa de plátano, nada diferente al típico almuerzo corriente colombiano. Hago esta referencia solo para dejar clara la similitud en temas gastronómicos de ambos países.

En la tarde emprendimos la segunda aventura, la visita al columpio de Fin del Mundo, un sueño hecho realidad. Solo subir hasta la copa de la montaña en una chiva cargada con turistas provenientes de Chile, Argentina, Francia, Brasil y Colombia, que iba bordeando los cerros, pintaba lo que sería el final. Era casi imposible no gritar por todo el camino cuando había más curvas que recorridos rectos y el paisaje no era nada diferente a barrancos que nos asustaban de solo pensar que el transporte que nos llevaba pudiera volcarse.

Al llegar a la copa de la montaña la chiva se detuvo y empezamos a descender de ella, pagamos un dólar como derecho a ingresar al lugar y después de dar unos cuarenta pasos no pude evitar asustarme. Había deseado estar ahí desde hacía mucho tiempo, pero ver el columpio anclado en el pico de la montaña, sostenido por unos barrotes de hierro que estaban a su vez clavados a un árbol fue algo espeluznante, sobre todo que lo único que tenía como protección si me llegaba a caer era un barranco enorme conformado por pequeñas plantas y rocas del que seguramente no saldría ileso. Pero aun así el paisaje era majestuoso.

Una de mis compañeras en la chiva, una chilena blanca de un metro y medio, no pudo contener su risa al ver mi cara y sus palabras de aliento no fueron más que recordarme que si no lo hacía, pues mi visita sería en vano. Después de todo tenía razón, no había llegado ahí ni empacado una mochila de 50 kilos, atravesar las carreteras más escalofriantes de Ecuador y Colombia aguantando las temperaturas más extremas para decirle que no a una simple columpiada que tardaría máximo tres minutos y que seguramente no pasaría de un simple susto.

Según uno de los hombres encargados de la atracción, un señor moreno de estatura mediana y poco expresivo, la seguridad de esta atracción era tal, que podía morir primero de un paro cardiaco que accidentado en la misma. Sus palabras no fueron muy agradables pero ya entrado en gastos decidí animarme, no sin antes pedirle a la alentadora chilena que preparara el celular con la cámara dispuesta a registrar todo, ya fuera mi caída, mi infartada o lo que siempre había querido, una buena toma suspendido en el aire con las montañas de fondo. Debía aprovechar, estaba haciendo buen tiempo. A pesar de ser las cinco de la tarde había buena luz, y afortunadamente me decidí a tiempo, porque dos minutos después de que terminé mi hazaña empezó a llover.

Ese momento lo aprecio, lo recuerdo como un desafío a mis miedos, el cuerpo me temblaba por completo y seguramente ha sido la vez en que mi corazón ha latido más fuerte. Al fin de cuenta de eso se trata todo esto, de retarse, de sobrevivir y de enfrentar miedos. Ya de regreso el frío de la montaña ardía en los ojos y nos enrojecía la cara, pero era imposible borrar la sonrisa, había valido la pena y no me quedé con las ganas. De regreso al pueblo rematamos en la fábrica de dulces artesanales donde compré unos bocadillos para recuperar la fuerza, nada mejor para finalizar la travesía por lo menos hasta este punto.

Rumbo a Montañita. Si hay un lugar apetecido por los extranjeros y mochileros del mundo entero, es Montañita, un pueblo que no podía dejar de visitar y menos estando en Ecuador, a unas dos horas y media de distancia de Guayaquil y un pasaje al mejor precio, 3 dólares.

En realidad quería descubrir qué era lo que escondía este lugar y por qué es tan apetecido, algo que no fue difícil acompañado de dos mexicanos y compartiendo habitación con dos argentinos y una pareja australiana. El costo de una habitación va desde los USD8, un valor razonable para disfrutar de unas vacaciones en un clima agradable y compartir la cultura de personas provenientes de diferentes partes del mundo.

Lo mejor, sin duda, es la rumba. Hay una variedad de discotecas donde una cerveza no cuesta más de un dólar. Otra opción es pagar 5 dólares, pero con derecho a barra libre.

En el amanecer o el atardecer la imponencia de sus playas es indescriptible, sobre todo si usted es surfista, las clases van desde los 25 dólares y la experiencia, como dice un comercial, no tiene precio.

 

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